El día de la mujer

Hoy, tristemente, celebramos el día de la mujer. ¿Por qué tristemente? Pensaréis. Pues por todo lo que ello implica. Una vez un chaval, sin maldad alguna, me dijo que si realmente se busca la igualdad debería  existir también el día del hombre (que existe: es el 19 de noviembre, pero no tiene tanta repercusión), o bien no celebrarse ningún día. Hay un motivo por el que este día —por lo menos para mí— resulta triste y necesario, un motivo por el que el día del hombre no tiene tanto protagonismo, un motivo por el que se celebra el día del Orgullo gay y no del hetero; un motivo por el que existe un día de tolerancia racial, otro para el niño africano, para la abolición de la esclavitud e incluso para los territorios coloniales. Todos estos grupos tienen algo en común: han sufrido discriminación durante gran parte de la historia.

Hay fechas en las que se celebran las cosas buenas del mundo, otras en las se que celebra la lucha contra las cosas malas, y otras que conmemoran a víctimas o tratan de compensar  a los que un día fueron discriminados.  El 8 de marzo celebra a la mujer, lucha contra la desigualdad y conmemora la muerte de ciento veinte mujeres que perecieron en el incendio de una fábrica textil el día en que, ¿coincidencia?, se manifestaban por sus derechos. Así que sí: hoy, tristemente, celebramos el día de la mujer. Y con motivos.

La discriminación viene de muy lejos y le ha dado para llenar sus maletas. Basta con abrir la Biblia para empezar a comprender en qué valores se han apoyado los cimientos de la sociedad: la primera mujer, Eva, fue creada a partir de la costilla de Adán y provocó la expulsión de ambos del paraíso. Ahí está la mujer estigmatizada desde el principio de los tiempos, la mácula del pecado original, la culpable del dolor. Nada tiene que ver con mi ateísmo, no es culpa de las religiones, sino de quienes las escribieron e interpretaron (en su mayoría hombres) y que decidieron desde el Génesis que la mujer estaba por debajo, que dependía del hombre y que arrastraba el pecado como por defecto. A partir de ahí sólo podía ir a peor; y no es de extrañar, teniendo en cuenta que la mujer asumió su papel en silencio, que fuera así por los siglos de los siglos, amén.

Por otro lado, las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, que en un principio deberían haberse celebrado, —¿qué es la vida sino un teatro de variedades?— sirvieron para abrir todavía más la brecha que nos separaba. Una vez más no es culpa de la ciencia, sino de los que la interpretaban, que postularon la teoría de que las mujeres no sólo eran inferiores a los hombres físicamente: también lo eran intelectualmente. Ahí está la etiqueta de sexo débil pegada en la frente de la mujer, como una marca indeleble que para colmo de los males la Real Academia Española sigue manteniendo.

Y es que todo cambia mediante las palabras. Olimpia de Gauges, que estaba hartísima de la Francia de 1793, señaló que si las mujeres tenían derecho para subir a la horca, también deberían tenerlo para presidir un tribunal. Esa proclama le valió para morir guillotinada, pero también para desencadenar la lucha por los derechos de las mujeres, para reclamar lo que por justicia nos pertenece: el voto, la igualdad de oportunidades y la libertad. El feminismo comenzó cuando las mujeres dejaron de asumir en silencio su papel, cuando empezaron a usar las palabras como arma. Simone de Beauvoir, Wollstonecraft, Virginia Woolf, Betty Friedan… todas ellas fundaron las bases del feminismo y blandieron la palabra para mejorar el mundo no sólo hoy, sino todos los días.

De todos los actos importantes que se llevaron a cabo para la liberación de la mujer y que podría citar aquí, voy a nombrar uno de los más sencillos y hermosos, y que ha pasado prácticamente desapercibido. Ocurrió en 1948, cuando Eleanor Roosevelt, primera dama, se despojó del traje de mujer florero, de sombra de presidente que sonríe y que saluda, y formó parte del comité que aprobó la Declaración Universal de los derechos humanos. Allí blandió la palabra e hizo un gran gesto que quiero recordar hoy: cambió “hombre” por “ser humano” en el primer artículo. Y desde entonces “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Todos. Sin importar su identidad sexual.

Por supuesto aún queda mucho camino por recorrer. No olvidemos cómo ha llenado sus maletas la discriminación, la de siglos que llevamos utilizando nuestras diferencias para crear la gran brecha. Todavía hay lugares y hogares en los que la mujer sigue subyugada, independientemente de lo que pueda lograr y aportar; así como campos laborales en los que su presencia no está bien vista ni debidamente pagada. Seguimos luchando, sí, aunque a veces de forma indebida, a causa de la desinformación —o del exceso de la misma—, que está difuminando los términos que definen el feminismo y está convirtiendo una guerra relativamente fácil en una empresa casi imposible. Estamos llegando a un punto en el que algunas mujeres están siendo atacadas por otras con la consabida excusa de enarbolar una bandera “feminista” que en realidad no lo es. Espero, francamente, que algún día todos seamos un verdadero teatro de variedades con los mismos derechos. Y que desaparezca el día de la mujer y todos aquellos días por los que ya no sea necesario luchar.

Debe ser bonito parecerse a la palabra “ser humano”.

Nacimiento

Era pleno verano cuando Eva me habló por primera vez de la asociación cultural que estaba gestando junto con unos amigos. Gracias al oportuno apoyo, al acertado asesoramiento y a una buena cantidad de fuerza de voluntad, habían logrado ya superar la titánica barrera de la burocracia —o burdocracia— y habían conseguido el registro, la legalidad y el logotipo. Yo recibí la noticia con la sincera pero distante alegría del que aplaude algo nonato, una idea de esas que con el calor del asfalto y el condensar de la cerveza se nos antoja lejana. Que uno no es padre de verdad hasta que un llanto cruza el mundo. Cuando le pregunté a Eva por el nombre, ella sonrió y respondió orgullosa: «Omnia». Pareciera que la palabra le llenaba la boca.

Todo. Buen vocablo para abarcar la cultura: ese monstruoso ser que acompaña al hombre desde que tomó consciencia de sí mismo. Más monstruoso por colosal que por moderno Prometeo; la cultura ha sido el resultado de lo que somos y el causante de lo que seremos, un mapa de nuestras constantes vitales, un reflejo de nuestras posibilidades. Matthew Arnold la definió como “el empeño desinteresado por la perfección del hombre”. Me gusta esa definición porque implica que la cultura no sólo es un complemento, sino un fin. La finalidad es que siga creciendo, aprendamos y aprehendamos lo que podamos para tener algo con lo que vivir y dejar algo vivo después de morir. Arte, literatura, cine, teatro, música, historia, filosofía, fotografía… La meta de Omnia es abarcar todas las disciplinas; el reto, lo que cada disciplina abarca.

A medida que Eva hablaba yo me sentía cada vez más interesada por aquel “pequeño” proyecto. Vivimos una era de posibilidades, de inspiración y de ideas. Gracias a la tecnología, a Internet y a la comunicación tenemos acceso a un mundo inabarcable, lleno hasta la bandera de todo. A pesar de eso, cuando llega la hora de la verdad, nos resulta muy difícil —casi imposible— llevar a cabo nuestras propias empresas. ¿Por qué? ¿A qué se debe tanta piedra en un camino tan bien asfaltado? Llevaba toda mi vida en pos de la cultura, dando tumbos por talleres y clubs gratuitos, tirando de foros, rascando la oferta y demanda cultural del fondo de una olla que sentía que no era plato de buen gusto para mí. Son muy necesarias las asociaciones como ésta, sin ánimo de lucro, que beben de la cultura por la cultura, que intentan darle voz a los jóvenes que tienen algo que decir y están por empezar; en definitiva: de la búsqueda de la perfección desinteresada.

Eva me trajo de vuelta a la tierra. «¿Y bien? ¿Qué me dices, te apuntas?»

¿Cómo podía negarme? Justo un llanto acababa de cruzar el mundo.