Era pleno verano cuando Eva me habló por primera vez de la asociación cultural que estaba gestando junto con unos amigos. Gracias al oportuno apoyo, al acertado asesoramiento y a una buena cantidad de fuerza de voluntad, habían logrado ya superar la titánica barrera de la burocracia —o burdocracia— y habían conseguido el registro, la legalidad y el logotipo. Yo recibí la noticia con la sincera pero distante alegría del que aplaude algo nonato, una idea de esas que con el calor del asfalto y el condensar de la cerveza se nos antoja lejana. Que uno no es padre de verdad hasta que un llanto cruza el mundo. Cuando le pregunté a Eva por el nombre, ella sonrió y respondió orgullosa: «Omnia». Pareciera que la palabra le llenaba la boca.

Todo. Buen vocablo para abarcar la cultura: ese monstruoso ser que acompaña al hombre desde que tomó consciencia de sí mismo. Más monstruoso por colosal que por moderno Prometeo; la cultura ha sido el resultado de lo que somos y el causante de lo que seremos, un mapa de nuestras constantes vitales, un reflejo de nuestras posibilidades. Matthew Arnold la definió como “el empeño desinteresado por la perfección del hombre”. Me gusta esa definición porque implica que la cultura no sólo es un complemento, sino un fin. La finalidad es que siga creciendo, aprendamos y aprehendamos lo que podamos para tener algo con lo que vivir y dejar algo vivo después de morir. Arte, literatura, cine, teatro, música, historia, filosofía, fotografía… La meta de Omnia es abarcar todas las disciplinas; el reto, lo que cada disciplina abarca.

A medida que Eva hablaba yo me sentía cada vez más interesada por aquel “pequeño” proyecto. Vivimos una era de posibilidades, de inspiración y de ideas. Gracias a la tecnología, a Internet y a la comunicación tenemos acceso a un mundo inabarcable, lleno hasta la bandera de todo. A pesar de eso, cuando llega la hora de la verdad, nos resulta muy difícil —casi imposible— llevar a cabo nuestras propias empresas. ¿Por qué? ¿A qué se debe tanta piedra en un camino tan bien asfaltado? Llevaba toda mi vida en pos de la cultura, dando tumbos por talleres y clubs gratuitos, tirando de foros, rascando la oferta y demanda cultural del fondo de una olla que sentía que no era plato de buen gusto para mí. Son muy necesarias las asociaciones como ésta, sin ánimo de lucro, que beben de la cultura por la cultura, que intentan darle voz a los jóvenes que tienen algo que decir y están por empezar; en definitiva: de la búsqueda de la perfección desinteresada.

Eva me trajo de vuelta a la tierra. «¿Y bien? ¿Qué me dices, te apuntas?»

¿Cómo podía negarme? Justo un llanto acababa de cruzar el mundo.

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Laura

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